LA CASA

Mª Carmen Olea.

Todo comenzó una semana después de mudarnos a la nueva casa, nunca podré olvidar lo ocurrido, por muchos años que pasen.

El día de la mudanza estábamos todos muy alegres. Mis padres por haber conseguido por fin una casa espaciosa y con un gran jardín, a las afueras de la ciudad , y aunque había casas en los alrededores, estaban lo suficientemente lejos unas de otras para poder tener intimidad y tranquilidad. Mis hermanos y yo porque la casa nos parecía sacada de una película, tendríamos una habitación para cada uno y en el jardín podríamos jugar a nuestras anchas.

Durante el día todo era maravilloso, pero una vez llegada la noche todo cambiaba. Estaba acostumbrado a las luces de la ciudad y allí había demasiada oscuridad, no me atrevía ni a mirar a través de la ventana de mi habitación, por miedo de que algo fantasmagórico apareciera de golpe ante mí. En verdad es que de pequeño era muy miedoso, todos se reían de mí por ello, porque me sobresaltaba por cualquier cosa.

Los primeros golpes los escuché yo, fue por la tarde y estaba estudiando cuando de repente oí tres golpes rítmicos, a los que siguieron otros tres transcurridos unos segundos. Bajé las escaleras para ver qué pasaba que mi madre no abría la puerta. Cuando se lo dije me contestó que ella no había escuchado nada, se dirigió a la entrada y cuando abrió allí no había nadie, y aunque le dimos la vuelta a la casa y miramos por todos sitios, no vimos nada. Mis hermanos tampoco habían oído nada, por lo que me convencieron de que estaba equivocado.

No transcurrió demasiado en que cambiaran de opinión, pues los siguientes golpes los escucharon todos, cada vez eran más frecuentes y más fuertes, y además empezamos a notar algo, una presencia a nuestro lado, pero siempre cuando estábamos solos. Mi madre apareció un día en la sala de estar con la cara blanca y temblando , estaba realmente asustada. Dijo que había visto una sombra, un humo negro que se fue transformando en la figura de una mujer joven que la miraba con cara de odio. Fue entonces cuando mi hermana pequeña que tenía entonces cuatro años, nos contó que ésa mujer estaba muchas veces en su habitación, que no tuviéramos miedo, que era buena y que sólo era una mamá triste porque siempre estaba llorando. Se quedaba con ella y la miraba, y después de un rato dejaba de llorar y le sonreía.

No podíamos creer que todo aquello estuviera pasando de verdad, yo, a esas alturas estaba totalmente aterrorizado, pero fue mi padre quien comenzó a buscar la parte lógica de todo aquel asunto. A mi madre , que últimamente estaba demasiado nerviosa y estresada, que todo había sido fruto de su imaginación. Que los golpes se deberían al viento o quizás a las demás casas y llegaba el sonido hasta la nuestra, y sobre mi hermana no le dió la menor importancia porque era muy fantasiosa y con la edad que tenía no se la podía tener en cuenta.

Creo que no nos convenció a ninguno, a mí por lo menos no, y aunque los golpes habían cesado, empezaron otra serie de sonidos parecidos a lamentos que comenzaban en mitad de la noche y que recorrían toda la casa. Mi padre con su sueño profundo, nunca escuchó nada.

De día la tranquilidad era relativa, pues estábamos todos en alerta con el miedo de escuchar algo. No salíamos ni al jardín, se acabaron los juegos, queríamos estar en la misma habitación e incluso pedimos a nuestros padres poder dormir juntos, pero no nos lo permitieron.

Mi hermana, sin embargo, estaba muy tranquila, ella se iba a su dormitorio y se pasaba allí toda la tarde, decía que jugando. Un día nos contó que jugaba con la mamá triste, que ya no lloraba, que sonreía todo el tiempo y que le decía que ya no se iría más de su lado, que nadie se la volvería a llevar y que la quería muchísimo.

Los demás seguíamos más y más atemorizados, pues seguíamos escuchando de noche los lamentos y algunas veces veíamos esa especie de sombra o humo negro, que pasaba a nuestro lado, y que nos dejaba helada la sangre.

Estábamos todos los hermanos cada vez peor, excepto mi hermana. Apenas comíamos, dormíamos cuando el cansancio nos rendía, y queríamos a toda costa irnos de allí, no podíamos más. Mi hermana pequeña en cambio, cuando le decíamos de irnos de aquella casa, nos decía que no podía dejar a la mamá sola, a aquella mamá que jugaba con ella y la hacía reir, y le decía que la había recuperado, que no dejaría que se la llevaran nunca más.

Todo fue empeorando, coincidía cada vez que hacíamos comentarios de salir de allí. Sucedían cosas increíbles: sonaban golpes, se abrían y cerraban puertas y cajones, la luz se encendía y apagaba constantemente, los lamentos y murmullos eran continuos , formas fantasmagóricas se movían por toda la casa. Por fin, uno de los días que sucedió esto, lo presenciaron mis padres, fueron a nuestras habitaciones y nos cogieron, pero no pudieron entrar en la habitación de mi hermana, no podían abrir la puerta. Hicimos todos acopio de fuerzas y cuando la pudimos abrir observamos a nuestra hermana en brazos de una mujer que la agarraba fuertemente , era una mujer joven, bastante guapa , pero se veía que había sufrido mucho. Cuando nos vió nos dijo con voz de ultratumba que nadie se llevaría de nuevo a su hijita, que su hija había regresado a ella y no volverían a separarse.

-¡Si os acercáis os mato, es mía , es mi pequeñita! - Nos gritaba desesperadamente.

No sabíamos qué hacer, mis padres al intentar acercarse para coger a la niña, fueron lanzados con fuerza contra la pared y mi madre quedó inconsciente, fue entonces cuando mi hermana comenzó a llorar al ver a mamá así y quiso soltarse de aquella mujer. Le dijo que ya no la quería, que le había hecho daño a su mamá, que era mala. La mujer le dijo que ella era su verdadera mamá , que la otra era la que se la había llevado una vez y quería volver a hacerlo.

-¡No es verdad, tú no eres mi mamá, eres muy mala, ya no te quiero, quiero que te vayas y que no vengas más! ¡Vete, vete, vete..! -dijo mi hermana llorando.

El rostro de la mujer se inundó de una profunda tristeza, las lágrimas comenzaron a brotarle sin cesar , fue abriendo los brazos y mi hermana pudo escapar y dirigirse hacia mi madre que aún no había recuperado la conciencia. ¡Mamá, mamaíta, por favor despierta, no te mueras!

Gritaba mi hermana llorando, y sucedió que conforme mi madre iba despertando, aquella mujer se fue difuminando poco a poco hasta desaparecer no sin antes acercarse a mi hermanita y darle un beso en la carita y acariciarle la cabeza.

Cuando todo acabó, fuimos de habitación en habitación, sin separarnos, para coger lo más necesario, y emprendimos la huida en plena noche, para no volver nunca más a aquella casa, embrujada quizás debido al rapto allí mismo, de una niña pequeña, a la cual buscaba su madre sin descanso y a través del tiempo.

Volvimos a residir en la ciudad , ya no queríamos una gran casa con un gran jardín, ya no queríamos intimidad. Todo aquello lo cambiamos por la tranquilidad y la paz que nos daba el estar todos juntos , seguros, con mi hermana a nuestro lado para siempre.

Quien comprara la casa de nuevo, espero que no tuviera ninguna niña pequeña, porque posiblemente volviera a repetirse ésta horrible pesadilla, una pesadilla que nos acompañará a todos mientras vivamos.

LA NOCHE DE LAS ÁNIMAS
Rosarito Ciero

Decidimos mis primas y yo, pasar unos días en la casa familiar que medio abandonada heredamos a las afueras del pueblo.

La casa es bastante grande. Tiene dos pisos y alrededor de ella hay árboles y plantas descuidadas que parecen amenazarnos por la noche cuando miramos hacia fuera por los cristales.

Algunas veces se escuchan unos ruidos muy extraños, golpes, chirridos de puertas que se abren y cierran, crujir de paredes, y silbidos. Con las luces del día cambian algo las cosas, y la casa no parece tan siniestra ni amenazadora.

¿Cómo es que tenemos miedo? Ya somos bastante mayores y lo que nos ocurrió fue una fantasía de muchachas y crías.

Pero con la noche entre luces y sombras proyectadas por la chimenea la situación se nos vuelve a tornar siniestra. "Shhiiiiissss...shhiiiiissss...ssshhhiiiisssss...." ¿Qué es eso? María, son lechuzas - contestó Charo. Uuuuuuuuuuuuuuuh, uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuh. Y ahora ¿Qué suena? el viento entre los árboles-volvió a responder.

Pero aparte de tantas explicaciones, un escalofrío se iba adueñando de las primas, y valientes o no, se les ponían los vellos de punta, mientras un halo de frío les pasaba por la nuca. ¡Pon, pon!, las puertas golpeaban en los quicios, como si fantasmas entraran sin cerrarlas. Por la ventana aleteaban pájaros negros que miraban fijamente a los cristales y daban con sus curvos picos en ellos como si quisieran traspasarlos.

El miedo que sentíamos era nuestro miedo de muchas noches, noches de nuestra niñez, noches de otoño o de invierno, cerradas, lloviendo y con viento que sonaba y silbaba en los cristales y por las ventanas. Para dormirnos nos contaban cuentos de ánimas, de muertos que aparecían y pedían misas, de gente que murió y se las veía de noche en los espejos.

Mis tías contaban que sus tías les contaban que en los espejos, pasada la media noche, si te mirabas salía el reflejo del demonio. Sería por eso, que nunca las vimos ante el espejo pasadas las doce de la noche. Y las doce en el reloj de la iglesia sonaban lentas, y según las trajera el viento, más cerca unas veces, lejanas otras. Rezaban por los difuntos, como cuervos negros, de lutos por las ánimas de sus seres desaparecidos. Lutos que empezaban en un familiar y enlazaban con los otros miembros de la familia como eslabones que no permitían color ni diversión. Con tristezas que invadían hasta los juegos de los niños, y estos se imaginaban a los difuntos con las caras vistas en retratos viejos. Y el reloj repetía las doce.

¿Te acuerdas prima de aquel día que llovía? El cielo estaba blanco de la furia de los truenos, las palmeras se doblaban como si catapultas fueran, y la mimosa crujió rompiéndose por el centro, herida de muerte por un leñador invisible. Era el dos de noviembre. Nuestras tías de riguroso luto, cómo requería la ocasión, rezaban el rosario. Santa María Madre de Dios……escuchábamos. Las tres nos calentábamos con la copa de cisco, pero sentíamos frío. Tras un fuerte trueno se fue la luz. En el espejo se reflejaban los relámpagos. De pronto una luz blanca emergió del espejo. Nos miramos asustadas. Mis tías seguían rezando. Sonaba en un eco…. Santa María Madre de Dios…..Empezamos a temblar. Los dientes nos castañeaban y la carne se nos puso de “gallina”. La luz se convirtió en un ojo saltón que nos miraba fijamente. La órbita parecía querer tragarnos y miráramos a donde miráramos el ojo nos seguía. La mirada se tornó cruel y se transformó en una cara grande con una gran boca desdentada. De los ojos salía un líquido espeso como un moco verde que fluía lentamente y vaciaba las cuencas. Al final era un rostro horrible con grandes agujeros donde iban los ojos y la boca. Abrió los labios y de ese pozo vacío salió una espeluznante carcajada. El aliento que soltaba nos arrastraba a su fondo. Nos agarramos al paño de camilla pero era inútil cada vez estábamos más cerca de ser engullidas.

¡Cataplan! Caímos al suelo. Abrimos los ojos asustadas. Seguía el eco……líbranos Señor de todo mal. Amén. Acabaron de rezar las tías. ¿Qué ha pasado les preguntamos? Que os habéis quedado dormidas mientras rezábamos. ¡A la cama niñas! Nos cogimos de la mano y nos fuimos a la habitación. Nos metimos las tres en una cama. No dormimos .No pasó nada. Pero aún hoy día sentimos el frío de la muerte en nuestros cuellos cuando la noche de difuntos es tormentosa.

LADRONES

Mª Flor Pérez

En un lejano país había un castillo, grande y tenebroso. En las noches sin luna sobresalía en la lejanía como una mancha enorme, más oscura que el negro horizonte.

Era tal sus dimensiones que imponía acercarse a sus murallas, ya que cuanto más próximo se estaba, un halo frío cómo el suspiro de la muerte, te envolvía.

Las lechuzas, búhos y otras rapaces nocturnas se habían adueñado de sus estancias. La sinfonía nocturna era estremecedora. Los distintos sonidos, chillidos y aullidos como el del autillo, resonaban en las habitaciones vacías pareciendo el lamento de las almas del purgatorio. Por ello las personas no se aventuraban a entrar y menos de noche, y si por algún motivo lo hacían salían dando alaridos de miedo.

El castillo había sido la morada de un malvado rey que no sólo pasó en herencia a sus tres hijos la fortaleza, sino también su crueldad. Gobernaban bajo el signo de la tiranía y el terror. Cualquier desobediencia de sus súbditos era castigada de manera atroz .Los encerraban en las mazmorras rodeados de cucarachas, murciélagos, serpientes y ratas, sometiéndolos a todo tipo de torturas. Los gritos desgarradores de los presos espantaban a los campesinos que vivían alrededor.

Pasó el tiempo pero el halo de terror nunca abandonó el castillo. Por la noche las personas que vivían cerca vislumbraban luces intermitentes, sombras gigantes que con vida propia se asemejaban a fantasmas.

El castillo está embrujado-decían los vecinos. Cada vez esperaban más atemorizados los días sin luna. Esas noches eran las más duras de afrontar. Si coincidía con el mes de las ánimas o una cruda noche de invierno la imaginación jugaba una mala pasada a los habitantes de los alrededores.

Poco a poco se fueron las gentes de los alrededores. Se abandonaron casa y fincas. Nadie quería quedarse allí.

¡Tenemos que hacer algo!-bramó el alcalde - a los pocos parroquianos que quedaban en el pueblo. Así que armados de palos, cruces y demás utensilios de labranza se dirigieron hacia el castillo.

Cuando entraron no vieron nada raro, aparte de multitud de animales que lo usaban cómo refugio. Subieron y bajaron, abrieron y cerraron, pero sólo descubrieron suciedad y abandono. Cuando desanimados pensaron en alejarse, el pastor cansado se apoyó en un raído y sucio tapiz, y este empezó a deslizarse. ¡Socorro!-chilló. ¿Qué hay aquí? Sus compañeros se acercaron para sujetarlo y vieron asombrados cómo se abría un pasadizo ante sus ojos. ¡Fantasmas!-gritaron-echando a correr.

¡Esperad!-dijo el alcalde-. Esto no me cuadra. Todo está mohoso y abandonado pero se ha abierto sin un chirrido. ¡No es posible!

Saca la cruz Matías- increpó el pastor-.Es el diablo que nos acecha. No lo creo-dijo el alcalde- debemos buscar para ver si esto ha sido usado recientemente y por qué.

Efectivamente detrás del tapiz estaba limpio y levantando un sendero de paja descubrieron una especie de camino por el que habían arrastrado bultos.

¿Qué hacemos? Creo que debemos introducirnos por el pasadizo, mientras uno se queda de guardia, no sea que se cierre la puerta. Yo creo-dijo Matías- que antes de introducirnos en ese pasillo deberíamos descubrir el mecanismo del portón, no sea que quedemos atrapados y no podamos salir. Así que empezaron a buscar cualquier saliente o palanca detrás de la puerta. Encontraron una especie de arandela que al tirar encajaba la puerta. Así que cómo nadie quería quedarse detrás, encendieron las antorchas y se introdujeron en el pasadizo. El olor a humedad era insoportable. El pasadizo bajaba y bajaba. Por fin llegaron a una mazmorra. Allí había una serie de paquetes envueltos en bolsas de plástico. ¿Qué hacemos? se preguntaron. El alcalde, haciéndose dueño de la situación, cogió uno de los paquetes. Al abrirlo cayeron perlas y brillantes.

¡Un tesoro! Vamos a llevárnoslo. ¿Y si vienen? Sabrán que hemos sido los del pueblo y nos perseguirán. Creo que debemos irnos y pensar una solución. De ahora en adelante vigilaremos el castillo y anotaremos cuando salen ruidos y sombras.

Se fueron y todas las noches quedaba uno de vigilancia.

Los días de luna nueva era cuando se oían los ruidos y se veían las luces intermitentes.

Idearon un plan. La próxima luna nueva sería el dos de noviembre, y pensaban asustarlos.

Se disfrazaron de momias y pusieron velas en calabazas. Llenaron la mazmorra de serpientes y murciélagos. Escondieron en las paredes espejos que cubrieron de telarañas.

La noche del dos era oscura como la boca del lobo. Resonaban los truenos y el viento silbaba entre las aberturas del castillo. Se escondieron detrás de los raídos tapices y de los muebles viejos y esperaron. Cuando llegaron los ladrones, los del pueblo empezaron a ulular, silbar y a realizar toda clase de ruidos. Soplaron las antorchas dejándolo todo oscuro.

Después encendieron sus calabazas y salieron de detrás de sus escondrijos reflejándose en los espejos. Los ladrones empezaron a disparar pero sólo acertaban en los cristales especulares y los vidrios saltando por los aires se clavaban en el cuerpo de los ladrones. A uno se le clavó un trozo en el ojo, al otro en el cuello….

Asustados y ensangrentados huyeron despavoridos y nunca más volvieron.

LAS MUÑECAS

Isabel Pérez Castro

Érase una vez una niña llamada María. Era muy estudiosa y le gustaba ir al colegio.

Por la mañana la madre le decía ¡María ya es la hora! La niña baja corriendo los escalones. Buenos días madre, dice. Buenos días cariño le responde.

Mientras se desayunaba, María le contó a su madre que durante la noche había escuchado unos ruidos muy raros. Escuché unos pasos, mamá, que se arrastraban lentos alrededor de la cama y una respiración entrecortada. Sentí frío y como si de pronto mi cama estuviera en una cueva helada. ¿Qué puede ser madre? Hija será un mal sueño.

Después de tranquilizarla la acompañó al colegio.

Cuando llegó la noche comienza la pesadilla. Mamá, ¡No quiero dormir sola!.Hija, yo estoy aquí cerca no te puede pasar nada. Después de tranquilizarla la acompañó al dormitorio y la arropó en la cama.

Se quedó dormida. A las doce despertó sobresaltada. Empieza a oír los mismos ruidos que la noche anterior, cierra los ojos con fuerza, no quiere abrirlos. Quiere gritar pero su voz enmudece en la garganta. Cada vez tiene más frío. Intenta abrir un ojo. Las muñecas con sus ojos dando vueltas en las órbitas y con el pelo chamuscado recorrían la habitación arrastrando los pies. De pronto todas las muñecas dejaron de mover los ojos y estos quedaron abiertos como bolas brillantes en cuencas redondas. Abrieron las ventanas y entraron grandes pájaros negros que después de aletear por la habitación se le posaron en la cama. Las muñecas dieron la vuelta y empezaron a moverse hacia la cama. Abrieron unas bocas oscuras ribeteadas de dientes negros y careados y sacándole la lengua empezaron a reírse. Sus carcajadas cada vez más fuertes parecían gritos de ultratumba. Los pájaros la levantaron tirando con sus curvos picos de las mangas y perniles. Salieron por la ventana y la llevaron volando hacia las ruinas del castillo. Allí la soltaron entre los árboles. Estos la apresaban entre sus ramas y no dejaban que avanzara y escapara de ellos. Logró escapar y llegar al foso del castillo. Estaba llena de víboras. El puente tenía los tablones podridos y al intentar cruzarlo se rompió uno. Quedó suspendida en el aire agarrada al trozo de tabla y gritó ¡Socorro! ¡Socorro!

La madre la sacudió. Despierta, despierta. Es sólo un mal sueño. Ella sudaba y temblaba. Rompió a llorar y al final se tranquilizó. Hija es una pesadilla. ¡No vuelvas a escuchar los cuentos de miedo de tu hermano.